La secretaria de Energía repitió que solo fija las reglas y que el precio del gas no es asunto suyo. Pero las reglas que fijó (el fin del subsidio al GNL, la jerarquía de cortes, la no renovación del Plan Gas) son, ellas mismas, una decisión sobre quién gana y quién pierde. El Estado conserva intacto el poder de cortarle el gas a la industria, desentendiéndose de la obligación de garantizárselo. LA NEUTRALIDAD TAMBIÉN ES UN REPARTO.
Hay una frase que la secretaria de Energía repitió tantas veces en el Midstream & Gas Day que conviene tomársela en serio: “NO SÉ A QUÉ PRECIO, LA VERDAD ES QUE NO TENGO NI IDEA”. Y enseguida la coartada: “NO ES MI RESPONSABILIDAD, NO ES MI OBLIGACIÓN Y NO ES MI ROL”. María Tettamanti dibujó así un Estado mínimo en materia gasífera, donde pone las reglas pero se desentiende del resultado. El problema es que las reglas que puso no son neutrales. Son, punto por punto, una decisión sobre quién paga la cuenta del invierno.
Démosle primero lo que tiene de razonable, porque su argumento tiene un núcleo sólido. El esquema anterior, donde la Secretaría instruía traer el gas “de donde sea” y la distribuidora tomaba primero el GNL regasificado y la generación electrica, efectivamente desplazaba el gas contratado de la industria y contradecía el orden de prioridades del propio marco regulatorio. Y subsidiar el GNL importado en plena guerra termina, es cierto, beneficiando también a quien no lo necesita: a la industria que está bien (en condiciones de pagarlo) y a la que está mal (la que esta quebrada), a las destilerías rentables incluidas. COMO CRÍTICA AL SUBSIDIO UNIVERSAL MAL DISEÑADO, EL PLANTEO SE SOSTIENE.
El deslizamiento empieza cuando ese diagnóstico técnico se infla hasta volverse dogma y, sobre todo, cuando sirve para PRESENTAR UNA DECISIÓN POLÍTICA COMO UN DATO DE LA NATURALEZA. “La eficiencia se logra cuando los precios reflejan los costos” no es una verdad de ingeniería, es una elección. El remate lo confirma, “hay que volver a entrenar los músculos del sector privado, que es el que mejor hace las cosas”. Eso no es un diagnóstico, es una profesión de fe. Y es, además, una imagen amable, el Estado como kinesiólogo de un mercado convaleciente, una metáfora que convierte una transferencia de riesgo y de renta en una terapia.
Conviene mirar con cuidado de que se desentiende el Estado y qué retiene como responsabilidad. Suelta una sola cosa, la garantía de abastecimiento, el ser garante de última instancia. Retiene todo lo demás. Sigue definiendo cuál es la demanda prioritaria, sigue ordenando los cortes, y obliga a las distribuidoras a ejecutarlos “con cuadrillas y formas de controlarlo”. El racionamiento no se privatizó, sino que sigue siendo administrado desde el Estado, tan dirigista como siempre. Lo que se privatizó es el riesgo. No es el mercado reemplazando al Estado; es el Estado que conserva el garrote y devuelve la garantía. La mano que ordena el corte sigue siendo perfectamente visible.
El racionamiento no se privatizó, solo se privatizó el riesgo. El Estado conserva el garrote y devuelve la garantía.
Y entonces aparece la admisión más reveladora de toda la jornada. Sobre el salto de precios provocado por la guerra, la secretaria dijo, sin que se lo preguntaran, que “las petroleras están bien con esto”. Es la confirmación, en boca propia, de algo que venimos sosteniendo hace meses, la renta se sostuvo, solo el sujeto que subsidia cambió. Cuando la guerra empuja el precio para arriba, el productor se queda con el viento de cola y el Estado se encoge de hombros (no es mi rol); cuando la industria pide que la cubran, aparece la disciplina del mercado. La misma asimetría de siempre, ahora explicitada. Reitero, el subsidio no desapareció, solo el sujeto que subsidia cambió. Y esta vez lo dice la propia funcionaria.
La secretaria pide además que los privados “contractualicen” ya, porque el Plan Gas termina en 2028 y no se renueva. El que se duerma, advierte, conseguirá los peores precios. Suena a sentido común de mercado. Pero un mercado de contratos a largo plazo necesita algo que el gobierno de turno (el actual y los anteriores) rara vez ofreció: previsibilidad. El mismo Estado que durante años congeló tarifas, intervino y cambió las reglas a mitad de camino ahora pide que productores y compradores firmen a varios años de plazo. ¿Con qué credibilidad? El mercado a término que imagina supone una confianza institucional que su propia historia desmiente.
No es casual, además, que Tettamanti apele a la autoridad de los que “vivieron el sector en la primera etapa” y “entienden que la gestión privada es lo mejor”. La primera etapa (el modelo de los noventa) también terminó. Terminó en colapso, en tarifas congeladas y en la larga era del subsidio que hoy se denuncia. Invocarla como patrón oro es elegir con cuidado qué parte de la historia recordar.
Pero el corazón del asunto es un punto físico que el relato de las “señales de precios” tapa por completo. LA SECRETARIA RECONOCE QUE EL INVIERNO LLEGA CON LA MISMA CAPACIDAD DE TRANSPORTE QUE EL AÑO PASADO Y CON PRODUCCIÓN IGUAL O MAYOR EN NEUQUÉN. SI LA RESTRICCIÓN QUE PROVOCA LOS CORTES ES EL TRANSPORTE Y NO LA PRODUCCIÓN, MANDAR A LA INDUSTRIA A “SALIR A COMPRAR GAS” NO AGREGA UN METRO CÚBICO AL SISTEMA, APENAS REORDENA POR PRECIO UNA CAPACIDAD ESCASA QUE ANTES SE REORDENABA POR INSTRUCCIÓN. LA SEÑAL DE PRECIOS NO CONSTRUYE GASODUCTOS.
Y ese precio esconde otra renta, más estructural que la coyuntural de la guerra. El costo de recurso del gas de Vaca Muerta es bajo; el precio de invierno es alto porque la molécula que cierra el sistema en el pico de consumo es GNL importado a precio internacional. La brecha entre el gas barato de boca de pozo y el precio que fija ese importado marginal no es “el costo”, ES UNA RENTA DE ESCASEZ QUE CREÓ LA FALTA DE CAÑOS. Cuando la secretaria dice que el precio refleja los costos, esconde una falta de infraestructura (decisión de este gobierno y de los anteriores) y la presenta como si se tratara de un veredicto del mercado. EL PRECIO NO REFLEJA LA ESCASEZ DEL GAS, REFLEJA LA ESCASEZ DE TRANSPORTE. Y esa renta la captura, en buena medida, el productor inframarginal. EL INDUSTRIAL QUE PAGA EL SOBREPRECIO ESTÁ PAGANDO UNA RENTA QUE EL PROPIO ESTADO FABRICÓ AL NO INVERTIR.
Hay algo todavía más grave en lo que ese “el gas va a estar” no dice. La red de transporte no alcanza hoy, aunque buena parte de la industria este parada por la recesión (una recesión que es resultado de decisiones políticas, no del clima). EL SISTEMA NO SE DESBORDA PORQUE LA DEMANDA ESTÉ EN SU NIVEL NORMAL, SINO PORQUE ESTÁ DE RODILLAS. “No veo demasiadas diferencias respecto al año pasado” no describe una red suficiente, DESCRIBE UNA ECONOMÍA DEPRIMIDA. ES UN EQUILIBRIO DE ESTANCAMIENTO: EL SISTEMA CIERRA PORQUE LA ECONOMÍA NO ANDA.
El sistema no se desborda porque la red alcance, sino porque la demanda está de rodillas. Cierra porque la economía no anda.
El día que la industria se reactive (que era, se supone, el objetivo de todo el programa) el límite del transporte aparecerá de golpe. UN PLAN QUE SOLO CIERRA SI LA ECONOMÍA NO SE RECUPERA NO ES UN PLAN DE DESARROLLO: ES UNA ACOMODACIÓN AL ACHIQUE. Y ahí asoma la pregunta que el discurso de las señales esquiva. Vaca Muerta debería servir para tener energía barata, plataforma de competitividad industrial. Pero librada a la pura señal de precios, la molécula va a su uso más rentable (exportarla al precio mundial) y no a abaratar una economía de adentro y el desarrollo futuro. Hay dos países posibles en esa bifurcación: uno que vende el recurso como rentista y otro que lo usa para producir. “No es mi rol” elige el primero por omisión. Esa renuncia no es solo sobre el precio de este invierno: es sobre qué país sale de Vaca Muerta.
Mientras esa pregunta se decide, conviene anticipar algo para cuando lleguen los cortes de este invierno, NO VAN A SER UNA FALLA DEL PLAN. VAN A SER EL PLAN FUNCIONANDO.
La secretaria fue clara (la industria que no se asegure el gas queda afuera en el pico) y esa frialdad es, al menos, honesta. Lo que no es honesto es presentar como veredicto del mercado un precio que fabricó la falta de inversión, y como decisión del privado un corte que ordena el Estado. CUANDO SE APAGUE LA PRIMERA CALDERA, NO HABRÁ FALLADO EL MERCADO, HABRÁ FUNCIONADO LA ABDICACIÓN.
Y conviene nombrar bien qué se abdicó, porque Tettamanti tiene razón en que un músculo se atrofió, solo que se equivoca en cuál. El que dejó de funcionar no es el del sector privado, que sabe perfectamente comprar y vender cuando le conviene, sino que es el del Estado que planificaba, el que invertía antes de que llegara la demanda, el que decidía para qué quería su propio gas. ESE MÚSCULO NO SE ATROFIÓ SOLO; SE DEJÓ DE USAR A PROPÓSITO, Y AHORA A ESO SE LO LLAMA “FIJAR LAS REGLAS”. Fijar las reglas de un mercado es decidir su resultado. Decir “no es mi rol” no es retirarse de la decisión, es la decisión.
Alejandro Di Palma
Miembro de IESO
Junio 2026
