Algunas observaciones sobre soberanía estratégica
En la primavera boreal de 2020, el país más rico de la historia descubrió que no podía fabricar barbijos. Tampoco respiradores, ni los reactivos para sus propios test. No era un problema de dinero: tenía de sobra. Era un problema de fábrica. Había aprendido a comprarle todo al mundo y, de golpe, el mundo lo necesitaba para sí mismo. La escena duró pocas semanas, pero dejó una enseñanza que recién ahora empezamos a leer en toda su dimensión.
Esa enseñanza se puede formular en una sola frase: “LA SOBERANÍA ESTRATÉGICA ES LA CAPACIDAD DE ACTUAR SIN EL VETO DE UN PROVEEDOR”. No se mide en dólares ni en stock acumulado, sino en algo más difícil de comprar: la posibilidad de hacer lo que un país necesita sin pedir permiso. Quien depende de un tercero para sus insumos críticos le entregó, sin firmarlo, un derecho de veto sobre sus propias decisiones. Y ese veto no aparece en la bonanza; aparece el día en que el proveedor tiene otras prioridades.
Lo militar es apenas una variante del mismo problema. En Ucrania y frente a Irán, a la mayor potencia bélica del planeta le costó sostener el abastecimiento de su propia maquinaria de guerra, pese a concentrar cerca de un tercio del gasto militar mundial. Pero detenerse ahí sería quedarse en la anécdota. Lo que está en juego es mucho más amplio y mucho más civil.
El coronel chino Qiao Liang lo había anticipado en 2020. Estados Unidos, decía, se transformó en un país de industrias fantasma, imprime dólares, compra los productos del mundo y el mundo trabaja para él. Mientras todos están en paz, el arreglo funciona. El problema asoma cuando llega la epidemia o la guerra, porque entonces se vuelve visible la pregunta incómoda: ¿puede llamarse poderoso un país que ya no sabe producir?
EL DINERO, AL FIN, ES UNA PROMESA QUE VALE MIENTRAS LOS DEMÁS ACEPTAN HONRARLA. LA CAPACIDAD DE HACER NO LE PIDE PERMISO A NADIE.
La trampa es que esa capacidad no se repone cuando se la extraña. Una trama industrial (proveedores, oficios, ingeniería, escala) tarda décadas en formarse y no vuelve por decreto, cuando Estados Unidos quiso repatriar la fabricación de chips con subsidios millonarios, descubrió que lo que faltaba no era plata, sino el saber acumulado que se había ido con las fábricas. Y detrás hubo una decisión, no una fatalidad. La financiarización premió el cheque por sobre el taller, hasta que administrar dinero pareció más rentable que producir cosas. LO RAZONABLE PARA CADA EMPRESA TERMINÓ SIENDO RUINOSO PARA EL CONJUNTO.
Si esto inquieta al hegemón, a un país periférico debería desvelarlo. Sin una moneda que el mundo esté obligado a aceptar, CONFUNDIR EL PODER DE COMPRAR CON EL PODER DE HACER NO ES UN ATAJO, ES UNA RENDICIÓN LENTA.
Cada cosa que dejamos de producir por conveniencia de corto plazo es una capacidad que alquilamos afuera y un permiso que pasamos a pedir. La pregunta, entonces, no es cuánto cuesta importar. ES CUÁNTAS DE NUESTRAS DECISIONES SEGUIMOS TOMANDO SIN EL VETO DE UN PROVEEDOR.
Alejandro Di Palma
Miembro de IESO
